El trabajo no nos hace libres
- Erick Hemkes
- Aug 24, 2020
- 4 min read
El otro día, mientras veía mi feed de Twitter y veía la actualización diaria sobre los casos y muertes por coronavirus (porque, por más que yo también este harto y quiera dejar de saber todo lo relacionado con esta pandemia), vi un dato que en principio me sorprendió y a la vez me sacudió en lo más profundo de mi ser. Más de 70,000 muertes alrededor del mundo. Fue un sentimiento que pocas veces he sentido dentro de mí, o más bien, que resonara tan fuerte y me impactara a primera vista, y enseguida se me vino a la mente (en gran parte por haber leído hace unos días a mi amigo Guillermo Violante) las imágenes sobre uno de los días más tristes y reflexivos que he podido vivir a mis casi 23 años. El día que visité el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia.
En estos días hace 4 años, me aventuraba con un grupo de mis mejores amigos a visitar Polonia, y a la vez Europa, por primera vez, y aunque es un país que ha logrado reconstruirse en términos de infraestructura, sociales y económicos, no se puede llegar a entender la naturaleza de lo que hoy es Polonia sin reconocer y empatizar el dolor y sufrimiento vivido durante la Segunda Guerra Mundial. Pero antes de continuar, con este texto cabe aclarar que no hago ni pretendo insinuar que exista una comparación histórica entre los eventos del Holocausto y la actual pandemia que vivimos en la actualidad, sino solamente escribir, desde mi experiencia claro está, sentimientos que en mi despiertan a raíz de todo lo que estamos viviendo y lo que pude sentir cuando visité este lugar hace unos años. Y puedo decirles que es de los sentimientos menos gratos que he tenido.
Izquierda: La leyenda a la entrada de Auschwitz "Arbeit Mach Frei". 2016. Fotografía por Erick Hemkes
Centro: Los pasillos de Auschwitz-Birkenau. 2016. Fotografía por Erick Hemkes
Derecha: El campo de concentración. 2016. Fotografía por Erick Hemkes
A 350 kilómetros de la capital Varsovia, y a unos 65 kilómetros aproximadamente de Cracovia, en el pequeño pueblo Oświęcim, el cual se traduce al alemán como Auschwitz, se encuentra el antiguo campo de concentración en el que las fuerzas germanas mandaban a prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial para realizar trabajos forzados o solamente desembarcar para ser asesinados por los soldados alemanes. A lo largo de la guerra se construyeron 3 campos en dicho sitio: Auschwitz I, Auschwitz II-Birkenau, y Auschwitz III-Monowitz, y entre los fríos muros de los edificios de los campos, se encontraban todo tipo de humanos: polacos, judíos, prisioneros del ejército de la antigua Unión Soviética, gitanos y personas deportadas de todo tipo de nacionalidades. Después de terminada la guerra, en 1947, el Parlamento de Polonia estableció que los campos de concentración en Auschwitz serían reconocidos como museos, mientras que, en 1979, la UNESCO los declaró Patrimonio de la Humanidad, aunque contradictorio, ya que la humanidad fue lo último que se le arrebató a todo aquel que llegaba a Auschwitz.
En el momento en que puse pie en la entrada de lo que hoy es un museo, pude sentir un ambiente tenso, rígido, incluso hasta atemorizante, y aunque recuerdo que el día que visitamos Auschwitz fue un día soleado y bello, tenía la sensación como si fuera un día gris y frío. El primer punto del recorrido se encuentra el famoso letrero de “bienvenida” a Auschwitz. En un arco de metal se puede leer la leyenda “Arbeit Mach Frei”, que traducido del alemán significa “el trabajo te hará libre”. En mi cabeza no pensaba nada más que la esperanza de aquellos que llegaban al campo, la esperanza de que el someterse a sus captores y trabajar para ellos podía darles una mínima esperanza de algún día volver a ser hombres, mujeres y niños libres, sin saber que su destino ya estaba escrito y no sería más allá de las cámaras de gas.
El recorrido continua por los edificios del primer campo de concentración, con estructuras uniformes y diferenciadas únicamente por un letrero marcando el número de edificio a la entrada, y a lo largo que avanzaba el recorrido y escuchando las atrocidades y actos de mutilación, humillación y barbarie de los miembros de la SS, no podía dejar de hacerme preguntas que hasta el día de hoy el hecho de escribirlas me causan escalofríos y me mueven por dentro: ¿Cómo es que el falso liderazgo de la Alemania Nazi aplastó sobre la humanidad de cada soldado alemán?, ¿cómo podrían amar a sus familias mientras deshumanizaban a diestra y siniestra?, y sobre todo, una pregunta que me hice al recordar que hace unos días previos a mi visita el papa Francisco visitó Auschwitz e hizo un momento profundo e íntimo en un muro donde fusilaban a los prisioneros, ¿realmente Dios estuvo allí?
A medida que continuas con el recorrido, existen letreros informativos de algunos de los puntos más importantes dentro del campo, incluso algunos otros con fotografías antiguas de la realidad y el día a día de lo que se vivía en ese entonces dentro de este laberinto de cercas con alambre de púas, y junto a una de las cámaras de gas que aún quedaban en pie y que no fueron destruidas por los alemanes antes de la caída del Reich, se encontraba un espectacular que decía: “De 1,300,000 deportados, 400,000 fueron encarcelados en el campo. Los otros fueron asesinados en las cámaras de gas a su llegada”. Y mientras veía las cifras en aquel muro, detrás se veían algunas fotografías de los prisioneros a su llegada al campamento. Hombres, mujeres, ancianos, niños, personas que eran padres, abuelos, madres, estudiantes. Personas con esperanza de que un día volverían a ser libres, pero que al final, solo la muerte los liberó de la vida.
Vidas, familias, parejas, hijos, personas importantes que en el cuadro grande serán sólo números o cifras estadísticas que servirán para juzgar, ya sea las consecuencias del autoritarismo o el fracaso de un gobierno de proveer salud y seguridad a sus habitantes. Para mí, quienes ya no están no son cifras, son personas con historia, y es mi deber honrarlos amando y sin repetir los errores del pasado.










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