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Vietnam y Slashers: Política hasta en el cine

  • Writer: Guillermo Violante
    Guillermo Violante
  • Aug 27, 2020
  • 4 min read

Updated: Aug 29, 2020

En cualquier círculo social, no es raro que un encabezado de noticia por sí solo cause una conversación (muchas veces desinformada) sobre temas que parecieran nuevos, pero en realidad desde hace tiempo forman parte de nuestra sociedad. Noticias sobre marchas feministas, las protestas contra la policía en Estados Unidos o simplemente el encabezado “El siguiente 007 será una mujer”, independientemente de la veracidad de la información que acompañe la nota, probablemente generan alguna conversación -o quizá hasta una discusión- sobre el tema, con tus cercanos.


Fuera de la calidad de estas discusiones, para muchos existe una sensación de sobre politización, como si la política se hubiera infiltrado en aspectos de la vida en que antes no existía. Pero la realidad es que siempre ha habido política en nuestras vidas de una forma u otra. La política se cuela en nuestras conversaciones, pero también en lo que consumimos y en cómo lo hacemos. Ejemplo de este fenómeno son las noticias (politizadas históricamente) y el arte (politizado más sutilmente). La política siempre estuvo ahí, es solo que hoy es más fácil distinguirla, señalarla y cuestionarla.


Esto no es decir que cada artículo, libro o película expresa algo sobre partidos políticos o nuestro sistema de gobierno; sino que toma forma de una agenda política reflejada en los valores, juicios y opiniones sobre ciertos temas, grupos de personas o modos de vida, que son impulsados consciente o inconscientemente por diferentes medios. No todo está en lo que decimos, sino también cómo lo decimos, lo que ignoramos o lo que intencionalmente omitimos. Una buena manera de hablar sobre esto, es discutiendo cómo se presenta la política en el arte que nos rodea.


El arte, es algo a lo que acudimos por una razón principal, la expresión. Cuando hablo de arte, no me refiero a algo con calidad necesariamente, sino más bien como al producto de un esfuerzo por expresarnos. Hegel listó cinco artes principales, las cuales fueron arquitectura, escultura, pintura, música y poesía; posteriormente Ricciotto Canudo decidió agregar a esa lista otras dos entradas, la danza y el cine. El arte no solamente se limita a esa lista, ya que no incluye obras como las fotográficas, pero es útil partir desde aquí para poder entender a que me refiero cuando utilizo la palabra. En vez de pensar en qué es arte y qué no es arte, sería más sencillo considerar arte que puede ser tanto bueno, como malo.


Hay obras que son explícitas en su naturaleza política, como lo es la novela “The Sympathizer” (El simpatizante) de Viet Thanh Nguyen. En ésta, el protagonista es un espía del Viet Cong infiltrado en el ejército americano durante la guerra de Vietnam, el cual eventualmente termina siendo un refugiado en Los Ángeles después de la caída de Saigón. A través del personaje principal y sus vivencias en Estados Unidos, el autor realiza críticas directas a la sociedad estadounidense, sus valores, su trato a los refugiados vietnamitas y su lugar en una guerra ideológica al otro lado del planeta. Sin embargo, también se toma el tiempo de diseccionar una de las mayores exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo, el cine de Hollywood.


De manera clara Nguyen escribe que el “arte no puede ser separado de la política y la política necesita del arte para alcanzar a la gente donde vive, a través de entretenerla”. El arte en cuestión es The Hamlet, una película ficticia dentro de la novela, la cual trata sobre la guerra de Vietnam y sirve como suplente a otras reales como Platoon o Apocalypse Now. En la superficie estos parecerán ejemplos obvios de cine con fines políticos, ya que relatan las desgracias sufridas por los soldados estadounidenses durante la guerra, pero el autor sugiere otra interpretación, que esta fue “la primera guerra en que los perdedores escribirían la historia en vez de los vencedores”.


La columnista de cine Phoung Le resume la idea bastante bien en su columna Feeling Seen, donde describe a Vietnam como “un cuerpo sin un alma” en películas como Apocalypse Now. Los vietnamitas no son más que una parte del set, Vietnam queda borrado como un partícipe y principal víctima del conflicto, en vez, la atención es dirigida casi exclusivamente a soldados americanos. En la novela de Nguyen, el replicar en sets con éxito aquellos escenarios donde se libró la guerra, solamente sirvió para presentar en pantalla vietnamitas que en ocasiones se veían y actuaban de manera “auténtica”, pero que jamás eran personas con pensamientos u opiniones, solamente otros accesorio a los cuales disparar y explotar en escenas caóticas.


Filmación de Apocalypse Now, 28 de abril de 1976. Fotografía tomada por Dirck Halsted.


Incluso en ejemplos más ridículos, pero igual de interesantes, los slashers ochenteros muestran que la política estadounidense de la década lograba filtrarse de maneras peculiares. Por medio de los clichés universalmente conocidos, como que siempre morirán de manera sangrienta aquellos personajes que consuman drogas, tengan sexo o que simplemente no sean blancos, era en cierta forma, intencionalmente o no, como si estos recibieran una condena por sus actos. En su videoensayo "Ronald Reagan: American Slasher", Leon Thomas (de Renegade Cut), relaciona que dichas muertes encajan en una década en que, cultural y políticamente, se rechazan en Estados Unidos las “libertades” de los 1960s y 1970s. Esto resultó en el gobierno conservador de Ronald Reagan, el cual encarceló en masa a consumidores de drogas (principalmente aquellos que no fueran blancos), ignoró la epidemia del SIDA y promovió valores cristianos a través de su discurso. La abstinencia al sexo y a las drogas, eran los elementos en común entre el cliché de la “chica final” que sobrevivía al asesino y la hija ideal para republicanos cristianos.


El punto de este último ejemplo, no es que dichas películas fueran creadas con la intención de propagar estos valores. El arte no necesariamente es creado con la intención de establecer una postura o agenda política, sino que, el contexto político de alguna manera u otra tendrá un efecto en la concepción de cada obra. Quien crea una obra, tiene una plataforma con narrativas que pueden ser reproducidas, cuestionadas o alteradas. Independientemente de la decisión que se tome, el simple hecho de construir un discurso tiene una implicación política, así lo deseemos o no.

 
 
 

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