La pandemia y la angustia
- Karla Acosta

- Aug 11, 2020
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Si hay algo que todos hemos compartido desde que empezó la pandemia, es el sentirnos perdidos. La incertidumbre se transformó en algo que no podemos ignorar, cuando antes era algo de lo que éramos conscientes en contadas ocasiones. La presencia recalcitrante de este sentimiento suele provocar angustia, pues cualquier acción que queramos realizar se desarrolla en un mundo súbitamente extraño a nosotros y sobre el cual no tenemos control. Sin embargo, la incertidumbre es algo con lo que hemos vivido siempre, a pesar de nuestros incontables intentos por ignorarlo.
Cuando lo piensas realmente, no hay un momento de nuestra vida en el que sepamos cuáles serán los resultados de nuestras acciones a grande escala. Sabemos que si alguien cae de un edificio de 10 pisos va a morir, pero no sabemos todo lo que su muerte traerá consigo. Existe un proverbio chino que dice “El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”, y este puede resumir de una manera muy concisa la noción que el matemático y meteorólogo Edward Lorenz bautizó como el efecto mariposa.
El efecto mariposa surgió cuando Lorenz, mediante un modelo matemático muy simple, intentaba capturar el comportamiento de la convección de la atmósfera. La convección atmosférica es el proceso en el que, por medio de la transferencia de calor en las distintas capas de la atmósfera, se generan los vientos. Lorenz percibió que alteraciones diminutas en los valores de las variables de su modelo tenían como resultado soluciones muy diferentes. Esta dependencia a las condiciones iniciales de un sistema es el efecto mariposa.
No obstante, esta teoría no nació ayer, ni siquiera durante la pandemia. Lorenz descubrió el efecto en 1961, y ya sea que seas un defensor de la Teoría del caos o alguien que es más que escéptico al respecto, no se puede negar que tiene un poco de razón. ¿Cuántas veces has planeado algo a la perfección, solo para que el resultado sea todo menos lo que esperabas? Esto es algo más común de lo que suele reconocerse. Tratando de evitar la angustia, no por el fracaso de nuestros planes, pero por el resultado que no pudimos haber previsto, nos engañamos a nosotros mismos que todo esto tenía sentido y simplemente fue nuestra culpa el no haber vislumbrado esta posibilidad, y muchas veces atribuimos el resultado o las consecuencias a la suerte.
Varias personas, tratando de evitar la decepción de otro plan que no resulta como esperado, optan por ya no realizar ninguno. El sentimiento de resignación que deriva de no ver los planes comportarse como supuestamente deberían es representado en la escena del refugio en Parasites, cuando el padre le dice a Ki-woo que las personas no deberían hacer planes, porque la vida nunca resulta como planeas. Si no tienes un plan, nada puede ir mal. El fatídico final de la película es una evidencia de esta convicción, cuando las cosas toman un curso que nadie pudo haber previsto. En la última escena, Ki-woo jura mejorar todo mediante un plan, y es la decisión del espectador creer en que lo logrará o creer, como el padre, que las cosas en algún punto se desviarán del curso decidido y terminarán en caos.
Aceptar que no tenemos ni idea de lo que la vida nos depara es lo mejor que podríamos hacer, pero también lo más difícil. Aceptarlo sería, muy probablemente, firmar una sentencia a vivir todo el tiempo angustiado, y el ser humano no está hecho para soportar esto. La angustia y las razones por las que huimos de ella es uno de los temas principales en la filosofía de Heidegger. Los seres humanos creamos un mundo, y dependemos de este para mantener la cordura. Es decir, creamos un cuento, una razón de ser de las cosas, que nada tiene que ver con la realidad, para no volvernos locos.
Vivimos perpetuamente en un estado de autoengaño. Es como si el adolescente que jura que, si no va a cierta fiesta, su vida será miserable y será la persona más aburrida del planeta, se hubiera apropiado del cuerpo y la mente de todos. Nada más basta ver como el sistema económico que tan cuidadosamente creamos y ensamblamos se derrumba a nuestro alrededor, mostrándonos que muchas cosas que juramos como ley, y como superiores a nosotros, no son nada más que invenciones nuestras. Creamos algo y, al olvidar nuestro papel como sus inventores, le dimos el poder de dominarnos.
A pesar del tono pesimista que puede que este artículo haya tomado, la intención de escribirlo no es deprimir al lector. Más bien, el propósito es hacerlo consciente de que la angustia y la incertidumbre con algo con lo que vivimos día a día. La pandemia y el hecho de que, los que podemos, estemos encerrados como consecuencia solo magnifican algo que siempre ha sido cierto. Esto derrumba las tácticas que ya habíamos desarrollado para engañarnos y creer que teníamos todo bajo control, pero es una oportunidad de volver a crear nuestro mundo, y crearlo mejor.
Los planes no se hacen sólo para llegar a un resultado, su función principal es darnos un propósito. Si nos quedamos sentados esperando a que todo vuelva a la normalidad, no lograremos nada. No cambiaremos nada. La vida, Dios, o en lo que sea que se crea nos está dando una oportunidad para iniciar de nuevo, y para intentar hacer las cosas bien. Iniciar es lo difícil, pero una vez que se tiene un plan y una dirección fija, lo difícil es detenerse.
Y cierto, puede que las cosas no resulten como esperamos, pero es mejor que al desviarnos digamos y sepamos que hicimos todo por regresar al curso inicial, a ver como todo ocurre mientras nosotros observamos desde lejos. Y si no, las cosas no tienen por qué ser como se planeaban, pueden ser mejores. La mayoría de las pinturas y los libros que tanto amamos no son como el artista lo planeo al principio, y que bueno que fue así.




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